La hipocresía del Vive Latino

Los asistentes del Vive Latino deben, cada vez más, rimar a contra corriente en un evento lleno de irregularidades, no sólo sometido al capricho de un músico, sino con severas fallas de seguridad y organización (el robo a celulares es parte ya del cartel), sin contar los elevados costos de los boletos e insumos.
Por: Jesús Díaz

Unirse a la causa animalista no es malo. Nadie debería sentirse así por que no le permitan comer carne durante tres horas. El problema surge cuando, a la larga lista de caprichos de un cantante no se le sumen opciones saludables pensadas en, digamos, otras 70 mil personas.

Este año, Morrisey exigió a los organizadores del Vive Latino que se prohibiera la venta de productos de “origen animal”, algo que no sólo no sucedió (sí, amigo Moz, siempre hubo pizzas de queso), sino que fue notificado en escuetas copias fotostáticas pegadas en las áreas de comida.

Este pudo ser un buen experimento si se hubiera pensado en opciones reales (veganas), pero no, quienes ya hacían filas por una hamburguesa tuvieron que conformarse con tamales de cajeta e improvisados burritos de lechuga y frijoles a 120 pesos. No hubo una contingencia real para esta situación, se improvisó sin más.

No se lo digan a Morrisey pero al final nada funcionó. La gente hizo coraje, protestó y, tras una hora de reclamos, se optó por vender carne con el argumento de que el olor “no llegaba” hasta donde estaba el cantante.

Esto no es espontáneo. Los asistentes del Vive Latino deben, cada vez más, rimar a contra corriente en un evento lleno de irregularidades, no sólo sometido al capricho de un músico, sino con severas fallas de seguridad y organización, sin contar los elevados costos de los boletos e insumos.

Algunas iniciativas nuevas y retomadas de años recientes fueron buenas, como el decidir regalar agua, el área para niños y el brazalete electrónico que, pese a que causó confusión y algunas filas, fue práctico a la hora de hacer pagos y cuidar el efectivo.

Sin embargo, son más los puntos en contra.

El robo a celulares es parte ya del cartel. Habrá que preguntarse si vale la pena comprar el boleto más costoso de la historia de este festival siempre con el riesgo —quise decir miedo-— de perder tus pertenencias, ¿será que los organizadores decidan colocar alguna vez cámaras en distintos puntos y dar seguimiento a delincuentes que, en grupo, visibles, como jauría de hienas, arrebatan celulares? ¿El saberse vigilados funcionaría para que se la pensaran dos veces?

Si nos concentramos a lo sucedido sobre el escenario, sorprende que se ignore la experiencia de cientos de personas.

De nuevo, Morrisey ­­prohibió ser proyectado en las pantallas, por lo que la mayoría tuvo que imaginarse lo que había en el escenario; imposible ver a la distancia ese show digno del olvido —¡qué contraste con Noel Gallagher!—. También el fallido ‘headliner’ Molotov que obligó a sus seguidores a traducir balbuceos, con un sonido ininteligible y su cero interacción. No es casual que muchos decidieran vaciar las gradas en la medida que transcurría su presentación y gritaran: “culeros, culeros” —¡qué contraste con Panteón Rococó!—.

Y hay más detalles: mujeres que, resguardadas, debieron entrar al baño de hombres —muchos orinando en los lavabos— para sortear las largas filas en sus baños (¿cuándo se va a entender que en estos lugares debe haber dos o tres sanitarios de mujeres por cada uno de hombres?).

Sin contar las cientos de personas sofocadas a la salida del evento debido a las vallas descolocadas que hacían cuellos de botella; mientras el puente principal rumbo a los autobuses permaneció cerrado (sólo los trabajadores podían cruzarlo).

Los jóvenes de a pie caminaron en una interminable fila india unos 3 kilómetros rumbo a los autobuses del gobierno de la CDMX que, con tanta afluencia y desorganización, siempre parecen estar a punto de atropellar a alguno o causar un grave accidente con su —extremo— sobrecupo.

El Vive Latino está pensado en los asistentes, se dice, pero eso suena hipócrita cuando se tiene la sensación de que cualquier capricho es más importante que quienes pagan los boletos.

 

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