Tiburón (muy grande) a la vista

Megalodón trae de regreso al monstruo marino por excelencia, pero renovado e insuperable
Por: José Felipe Coria

Los dinosaurios parecían gobernar al cine en el nuevo milenio posmoderno. Pero el T-Rex resultó poco atractivo con sus rasgos antropológicamente correctos. Mejor hacer uno nuevo, alterado genéticamente. Más feroz, con capacidad depredadora ampliada hasta lo inverosímil.

No bastó, pues ahí anda Godzilla, el gran mutante atómico redivivo, aún eficaz como metáfora ideal del deterioro ecológico y su venganza contra el hombre. Así, resucitar exagerados animales peligrosísimos, característica del neo estilo monstruoso, desplazó a depredadores convencionales.

Al aterrador Tiburón (1975, Spielberg) desafortunadamente lo chotearon secuelas innecesarias: convirtieron al ágil escualo en escuálido mordelón de risa. Pero he aquí una novedad: ahora sí como símbolo del calentamiento global y el devastado medio ambiente, una representación monstruosa: Megalodón (2018), filme 13 del inspirado artesano sin pretensiones Jon Turteltaub, quien recupera al máximo depredador en la historia de los mares, desaparecido hace más de dos millones de años en el plioceno, cuya longitud próxima a los veinte metros lo haría el terror absoluto de cualquier playa.

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Por alguna razón los tiburones siguen siendo un gran tema fílmico. Los argumentos, sin embargo, se habían vuelto predecibles. Incluso en cintas interesantes (Alerta en lo profundo, Mar abierto, Miedo profundo), o de caricatura en esas incursiones televisivas (divertida fue la idea jalada de los pelos del primer Sharknado, luego ridiculizada en cinco secuelas con pésimos efectos especiales).

Megalodón se basa en la novela de Steve Alten, fanático del tema, y por ello la historia funciona con una premisa sencilla: Jonas Taylor (Jason Statham), caído en desgracia ante una circunstancia inexplicable (la aparición del megalodón), debe reivindicarse tratando de salvar la tripulación de un sumergible en el fondo del mar. Casualmente ahí está su ex esposa Suyin (Li Bingbing: parte del interés comercial de esta superproducción de 150 millones de dólares está puesto en China).

Turteltaub dirige la sencilla historia con gusto y solvencia: logra una entretenida película de verano con un insuperable monstruo marino. 

 

Escobar, estereotipado. 

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Tratándose de tiburones humanos, ninguno supera a los de la nueva élite criminal: los narcos. Su falta de escrúpulos, sus excesos sin límite, los baña de un aura legendaria llena de simpatía y admiración. Lo confirma Escobar, la traición (2017), octava película del ya convencional Fernando León de Aranoa.

Basándose en las memorias de la periodista Virginia Vallejo (Penélope Cruz), la cinta cuenta cómo ésta conoce a Pablo Escobar (Javier Bardem), asumiendo una doble moral: dizque pretende ser crítica sobre un carismático seductor, aspirante a político, cuya desventura es ser narco. En realidad es la apología de un demagógico populista hipócrita cuyo valor definitivo es que hace y gasta cantidades fabulosas de dinero.

El disparejo estilo de Aranoa entrega un estereotipado Escobar como héroe sociópata, enfrentado al agente de la DEA Shepard (Peter Sarsgaard, aburrido), en la disyuntiva telenovelesca de tener Dos mujeres, un camino: Virginia, su amante trofeo, y Victoria (Julieth Restrepo), su abnegada esposa.

La cinta acaba con las manos en alto. No de espanto ante algunos hechos brutales sino como sumisión ante el villano de la semana. Escobar era un tiburón humano, pero el filme de Aranoa carece de dientes.

Una ridícula historia cursi de amor con narcotráfico de trasfondo.

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