Suspiria, un clásico maligno y maquillado

Inspirada en un referente del género, Luca Guadagnino logró respetar la cinta original
Por: José Felipe Coria

En la moda reciente de rehacer viejos filmes de éxito, a la fecha ninguno supera al original. Casi todos son malas copias. Suspiria, el maligno (2018) es casi la excepción.

Tras el éxito de Llámame por tu nombre (2017), el director Luca Guadagnino, convertido en consentido de la crítica por su sensible adaptación literaria, respetuosa del delicado estilo de André Aciman, decidió para su sexto filme, Suspiria: el maligno, regresar a terreno conocido. El de A bigger splash (2015), segunda versión del drama erótico La piscina (1969, Jacques Deray).

¿Cómo emprender con cierta novedad una reinterpretación del aterrador clásico homónimo de 1977 con insuperable maestría por Dario Argento? Éste logró una violenta película de brillantes colores y escenarios infestados de horror. El estilo agresivo, la banda sonora casi subliminal, el tema con la novedad de lo sobrenatural en una cotidianidad con sustrato diabólico, estuvo tan bien logrado como para transformar al género. Esta cinta desconcertante significó visualmente un antes y un después. 

El guionista de Guadagnino, David Kajganich, sigue de cerca el argumento original. Su punto de vista intenta ser más intelectual; busca replantear el género, aunque conservando momentos de violencia física y conceptual sin la extravagancia de Argento

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Detalla en esencia la misma anécdota: Susie (Dakota Johnson, queriendo sacudirse sus 50 sombras de Grisura), llega en 1977 a Berlín, en el “otoño alemán” —debido a ciertos disturbios y atentados terroristas—, para estudiar danza en una prestigiada academia. En realidad la fachada de un aquelarre. Ahí enseña madame Blanc (Tilda Swinton), sintiéndose la legendaria coreógrafa Pina Bausch obsesionada con lograr la perfección del movimiento. Hay otras empleadas: Tanner (Angela Winkler), Vendegast (Ingrid Caven) y Huller (Renée Soutendijk).

La clave del misterio sobre las raras actividades no académicas de éstas parece tenerla la estudiante Patricia (Chloë Grace Moretz), quien la revela al Dr. Klemperer (un tal Lutz Ebersdorf; o, mejor dicho, de nuevo Swinton, con excesivo maquillaje), en sus notas sobre las madres Tenebrarum, Lachrymarum y Suspiriorum. La tercera puede ser la anciana Markos (Swinton una vez más absurdamente maquillada, ¿chiste para cinéfilos cultos, falta de presupuesto para contratar actores, o ganas de un innecesario culto a la personalidad de una actriz genial? La consecuencia: se nota falsa actuando con tanta parafernalia). 

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Guadagnino hace un filme sobre mujeres (por eso su reparto incluye actrices europeas y jóvenes muy prestigiadas) usando la danza como definición dramático-visual (foto naturalista del tailandés Sayombhu Mukdeeprom), y atmósfera donde el movimiento es premonición. Asimismo, los primeros planos de Susie, en varias circunstancias, insinúan una constante amenaza.

Al inspirarse en una obra maestra del género, Guadagnino desea con su versión obtener un resultado similar, extrañamente más largo porque intenta imponer la calidad de su sutil estilo usando, medio pretencioso, un elemento no del todo bien planteado: la brujería como equivalente artístico. 

Lo mejor es el retrato de las estudiantes rodeadas de maldad; el ambiente de la escuela (fría por fuera, espantosa por dentro); usar con elegancia iluminaciones tenues y tonos apagados, y reconvertir lo terrorífico en algo entre metafísico y fantástico. Guadagnino hace una inquietante cinta que casi consigue ser equivalente contemporáneo del gran horror de Argento.

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