La Favorita, una cinta que merece la corona del Oscar

La historia relata parte de la vida de la auténtica reina Anne, de Inglaterra
Por: José Felipe Coria

La farsa pensada para cine es un género difícil de realizar. No se diga de comercializar. Pero, entre los pocos directores capaces de lograr un resultado óptimo en ese género (gracias a sus arriesgadas películas), está el inclasificable griego residente en Gran Bretaña, Yorgos Lanthimos. Magistralmente lo confirma en La favorita (2018), su séptimo filme, con justicia nominado a 10 Oscar.

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Lanthimos se basa en un originalísimo guión de Deborah Davis & Tony McNamara, quienes retoman con mucha ligereza, sin por ello renunciar a la sustancia del tema, parte de la vida de la auténtica reina Ana (Olivia Colman), última soberana de la casa Estuardo, y cómo su relación con Lady Sarah, duquesa de Marlborough (Rachel Weisz), el poder tras el trono, se vuelve delirantemente frágil cuando aparece Abigail, la baronesa Masham (Emma Stone). 
 

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El tono dramático de Lanthimos es elusivo. Quiere decir que impide adivinar hacia dónde irá la película. Varios giros la replantean, porque abunda algo provocador, algo obsceno y mucho humor. Es una elegante farsa que se mueve sobre el filo de la navaja sin titubear o tropezar. 
 

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La estilización recurre a una óptica cinematográfica, marca de fábrica en Lanthimos, donde abundan lentes gran angular (a cargo del inspirado fotógrafo Robbie Ryan), usados para deformar visualmente el relato acentuando su dramatismo, y poniendo en primer plano lo trágicamente agridulce de este microcosmos histórico hecho con sarcasmo que recorre toda la gama tonal hasta quedar en negro absoluto. Los ácidos comenta rios rebasan la simple burla hacia una idea de cómo ejercer el poder. Logra algo mejor: mostrar el trasfondo de las intrigas palaciegas, en especial las razones para recurrir a la lambisconería casi como razón de Estado. 

La favorita es un filme notable donde las actrices brillan siguiendo el ritmo de la estelar Colman, imponiéndose con fuerza. Lanthimos, a su vez, se reinventa en esta cinta, una auténtica joya real.  
 

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Otra opción. 
El vicepresidente: más allá del poder

Se trata de otra crónica del poder concebida en tono de farsa, aunque más ligera, con cierto nivel de incisiva crítica, es el séptimo filme escrito y dirigido por Adam McKay, El vicepresidente: más allá del poder (2018). Segundo consecutivo, tras La gran apuesta (2015), donde aborda la historia reciente de Estados Unidos

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Cuenta ciertos aspectos en la vida de Dick Cheney (Christian Bale), y su ascenso al poder (literalmente tras el trono) en la presidencia de George W. Bush (Sam Rockwell, dándole un inteligente medio tono a su interpretación para evitar la caricatura). El retrato de este personaje en apariencia oscuro, quien lentamente ganó influencia hasta replantear la política estadounidense de forma tal que aún hoy sus directrices se conservan, tiene como contraparte la familia, donde Cheney muestra otra faceta en la relación con su esposa Lynne (Amy Adams) y su hija Mary (Alison Pill). 

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McKay hace un filme duro, anticonvencional, hasta cierto punto difícil, porque no da respuestas fáciles a la complejidad planteada por Cheney, que ejerció el poder con maquiavélica habilidad. Este contundente retrato sobre el cínico uso de la política como cantar de ciegos donde el tuerto es rey (porque Cheney vio más que Bush), de cierta forma es un apunte respecto a cómo con el tiempo ciertas decisiones logran resultados imprevistos.

Este filme es (para EU) una irritante lección de historia que explica parte de su realidad con desconcertante sutileza. Brillante. Merece sus nominaciones.

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