Historias llenas de reflexión: El insulto y Alfa

El insulto y Alfa se convierten en auténticos filmes de arte. Retratan la política y amistad.
Por: José Felipe Coria

La cinematografía de Medio Oriente tiene características específicas: en vez de acciones espectaculares de personajes, lo más importante es plantear acciones reflexivas. Es un cine intimista, de emociones a flor de piel, representadas como pequeños atisbos del alma.

El insulto (2017), apenas cuarto largometraje en 20 años del libanés Ziad Doueiri —filme nominado al Oscar como Mejor película extranjera— apuesta a esta sencillez que, al funcionar así, resulta devastadora.

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Tony (Adel Karam) es un libanés cristiano que tiene  problemas con Yasser (Kamel el Basha), un palestino refugiado. El asunto conlleva a una agresión física de la que, en el fragor del pleito callejero elevado a rango de agresión imperdonable, Tony perderá cierta decencia.

La lógica de la situación implica representar cómo en el insulto yace el huevo de la serpiente de una crisis política. Es decir, el conflicto deja en el aire preguntas sobre la convivencia humana, pero también sobre cómo es la vida en un país que está siempre al borde de la guerra civil.

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El estilo de Doueiri se apoya en una dramaturgia exacta: renuncia a golpes de efecto o sentimentalismos; cuenta lo justo para hacer más contundente la historia. 

El uso de una fotografía elegante y sin adornos de Tommaso Fiorilli capta las sutilezas de los sentimientos expresados.Doueiri insiste en lo mismo de su filme previo, El atentado (2012): lo oculto en los personajes representa una bola de nieve que, con el paso de los minutos, crece hasta crear una extraordinaria cinta política.Un auténtico filme de arte, explosivo por conmovedor.

Alfa, un poema de unión.

El cine protagonizado por animales resulta desfavorable para los actores humanos. El estelar sin diálogos se roba la película. Lo confirma Alfa (2018), primer largometraje en solitario de Albert Hughes —con cuatro previos hechos junto a su hermano Allen—,  escrito por él en colaboración con Daniele Sebastian Wiedenhaupt, también en su primer guión.

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Aunque puede considerarse antropológicamente incorrecta, la tesis del filme sobre cómo pudo ser el primer encuentro entre el hombre y el “mejor amigo de éste”, a Hughes le interesa demasiado. Tanto como para plantear una cinta no del todo para niños —tampoco tan violenta como sus filmes previos para adultos—, sino quedándose justo en el medio, dándole énfasis a una atmósfera espectacular (foto del austriaco Martin Gschlacht) y contar cómo el joven Keda (Kodi Smit-McPhee) queda separado de su tribu. Dado por muerto, sobrevive en la agreste naturaleza en compañía de un lobo herido.  

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La cinta se sostiene con Keda y su nuevo amigo, Alfa. El proceso de domesticación es detallado a partir de las solitarias aventuras vividas por ellos dos. Hughes le da un ritmo pausado a su historia. Su gusto visual la hace, sin embargo, entrañable. Le da tanto a Alfa como a Keda momentos específicos, convirtiéndolos en protagonistas de las estrofas de un poema. Porque eso es esta apuesta cinematográfica: un poema épico sobre la inextricable unión de dos especies desde aquellos prehistóricos años. Un filme de impactante imaginación.

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