Glass ¿el declive de una trilogía?

Las críticas del filme de Shyamalan dicen que fusiona la cultura del cómic pero que carece de fuerza visual.
Por: José Felipe Coria

La imagen clave en el largometraje 12 de M. Night Shyamalan, Glass (2019), es la de Elijah Price, el Sr. Glass (Samuel L. Jackson), sufriendo constante letargo y desplazándose limitadamente en su silla de ruedas.

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Simbólicamente representa el estancamiento de una historia, la de El protegido (2000, Shyamalan), encontrando demasiado tarde cauce como secuela de Fragmentado (2016, Shyamalan), gracias al excéntrico giro presentado al último minuto de ésta: testigo del escape de Kevin Wendell Crumb (James McAvoy), el psicópata con 24 personalidades, fue el “irrompible” David Dunn (Bruce Willis), quien enfrentó a Glass en la cinta de hace 19 años. 

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La novedad en la propuesta de Shyamalan es someter a los tres personajes a terapia de grupo con la Dr. Ellie Staple (Sarah Paulson). Ella les diagnostica una singular enfermedad: complejo de súper héroes. Para los tiempos actuales, saturados de ese concepto, la propuesta era interesante. 

Ahora no son actuales los interesantes apuntes de Shyamalan retomados de El protegido, si se considera cuánto domina el género al siglo XXI, con variaciones en su mitología, de tintes casi divinos, sobrenaturales, debido a la insistencia en presentar “meta-humanos” (seres superiores) o mutantes, modificados para resultar invencibles al emprender labores imposibles.

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La idea de fusionar —en filme visto como conclusión de una trilogía—, dos historias con estilos y personajes diferentes, empezando por el frágil Glass (sus huesos se fracturan fácilmente), y su contraparte David (sobrevive siempre sin lesionarse), junto a un criminal acorde al estereotipo tan usado en cine y televisión, insinuando que todos surgen de entre las páginas de un cómic, es un lugar común en el universo actual de humanos con súper poderes.  

Shyamalan quiso regresar a su mejor momento tras casi quince años de entregar películas mediocres o viles churros.

Debido al rápido agotamiento de su marca de fábrica (dar un giro inimaginable al último minuto), esta fusión sobre la cultura del cómic tiene un error de principiante: explica demasiado, sin fuerza visual, buscando una originalidad irrecuperable por una sencilla razón: Shyamalan se plagia a sí mismo -y mal-, sin profundizar su crítica al tema de por qué no se deben adorar súper hombres.

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Aunque entretiene, esta cinta es inferior a las previas; diluye su interesante trasfondo repitiendo las mejores ideas de El protegido y Fragmentado. Quiso ser magnífica. Pero fracasó.

La imagen dominante de Gaspar Noé para su quinto filme, Clímax (2018), es Selva (Sofía Boutella) encabezando un grupo de extraordinarios bailarines encerrados en un teatro al que recorre vertiginosamente.

Tras el éxito de su audición celebran, sin imaginar un hecho fortuito: alguien echó en el ponche ácido lisérgico (LSD), droga capaz de crear confusión y paranoia.

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Pocos directores en la actualidad tienen la capacidad del franco-argentino, quien usa un delirante estilo visual de agresivos colores, movimientos en éxtasis y una trama jamás aburrida pero provocadora, incluso con tintes pornográficos. Eso sí, presentados con elegancia. 

Los inquietantes estilo y dramaturgia captan una pesadilla —al ritmo de una banda sonora sobresaturada y feroz—, de la que es imposible despertarse.

Cine de una sola anécdota (una situación fuera de control) sorprende al espectador a cada paso. Qué alucinante advertencia, sin moralismo, sobre cómo las drogas revelan lo más primitivo de cada persona. Un filme de impresionante rareza.

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